Vivir en Londres para un poeta cubano.

                                                                        por Pedro Pérez-Sarduy

 

            Vivir en Londres, para un poeta cubano y caribeño es poco menos que una herejía. Es un tanto de exageración, pero es que Londiniun sigue siendo una Señora Ciudad, no importa cuánto quieran asustarla con detonaciones e improperios.
Así la llamó su fundador el principe troyano Brutus, cuando la erigió en ambas riveras del sinuoso río Támesis, poco más de 2000 años atrás.  Yo vivo en una colina residencial  al norte del rio.
A pesar del inestable y caprichoso clima, su rico coctel de sobriedad y extravagancia, elegancia y desaliño; entretenimientos y crímenes, deslices y escándalos palaciegos, parlamentarios, paganos y faranduleros -liado todo esto en una avasalladora vitalidad mediática envasada en su formidable anatomía urbana, Londres sigue siendo una de las tres más exuberantes ciudades del mundo moderno que siempre te reserva alguna sorpresa  –las otras dos son, indiscutiblemente París y New York.
Londres puede darse el lujo de contar desde 1966 con un verdadero carnaval caribeño (de origen anglo-caribeño, para ser más exacto) que anualmente atrae más de un millón de adeptos de casi toda Europa a finales de agosto, durante el feriado conocido como Bank Holiday.
Aquí proliferan también ritmos exóticos y sus seguidores, con una impresionante dosis de especialistas en capoeira, tango, salsa y, especificamente los auto-proclamados  Cuban Salsa Master -cotizados instructores de este híbrido baile popular, muchos de los cuales no son necesariamente cubanos, ni mucho menos Master, pero eso no importa, porque lo fundamental es que sea Made in Cuba, debido a la oferta y demanda del producto.
Time Out, la más compacta publicación/guia de entretenimiento semanal en la capital, asegura que Londres cuenta con más  de 2000 restaurantes  que ofrecen ethnic food de la cuisine internacional.       
Este aparente voraz apetito étnico está respaldado por mercados abiertos y bajo techo donde se encuentran diariamente todos los productos, especies e ingredientes de latitudes remotas,  incluyendo de Cuba.
Pero al mismo tiempo, ahí están los restaurantes Cuba Libre, Cubana, Bar Cuba, a los cuales se les suma la última exquisita granatracción, Floridita, bar restaurante insignia de Cuba, donde el escritor norteamericano Ernest Hemingway hiciera suyo el famoso coctel cubano cuyo nombre original pertenece a una hermosa playa de arenas blancas, cerca de la ciudad de Santiago de Cuba –Daiquirí.
El Floridita, de Londres, ubicado en el animado y céntrico Soho londinense, ofrece una excelente variedad de platos supuestamente cubanos, no necesariamente elaborados por cocineros de la otra isla, sino por una amalgama de chefes y chefas de otras latitudes, los cuales recrean el sabor criollo a su manera. Por ejemplo, una pechuga de pollo a la plancha rellena de salsa picante. Cualquier cubano sabe que eso no es cubano.
Sin embargo, como amenidad ofrece una buena selección de las mejores agrupaciones musicales directamente de Cuba, cocteles cubanos y hasta La Casa del Habano, con un torcedor in residence,  importado temporalmente de la Isla de Cuba.
Pero Londres no siempre fue así.
Un cuarto de siglo atrás los restaurantes y supermercados que servían y suministraban esos productos al gran público los catalogaban despectivamente como ‘ethnic food’, y los ritmos musicales correspondientes, con el apelativo genérico de ‘world music’.  En definitiva, éramos ‘lo otro’  exótico y anodino.
Pero con el tiempo y gracias a un mercadeo más coherente y desprejuiciado, todo  eso es cosa del pasado. Y es que hoy día, ya Londres no es propiamente dicho una ciudad definidamente inglesa, ni tampoco propiamente europea debido a su amplio perfil cosmopolita.
Teniendo en cuenta su pasado imperial donde el sol nunca se ponía, Londres sigue siendo una suerte de encrucijada en donde convergen diferentes culturas que atesoran todos y cada uno de nuestros respectivos placeres, ansiedades y horrores -grandes, medianos, pequeños y hasta en miniatura -aunque sin pretender ser un melting pot.
Con una población estimada en poco más de 8 millones de habitantes insertados en 13 condados, el Gran Londres es una multitud de pequeñas ciudades incrustadas en una extensa ciudad de enormes proporciones, contadas elevaciones y donde los colores de su arquitectura y flora armonizan con gusto a través de varios períodos. De esta manera, cada afortunado londinense puede darse el lujo de armar pedacito a pedacito su propio y pequeño Londres alrededor  de viviendas individuales o colectivas, muy antiguas y originalmente bien preservadas (la nuestra fue construida en 1895, en las postrimerias de la era victoriana) -o en apartamentos levantados en las ruinas dejadas por la Segunda Guerra mundial en diferentes zonas de la ciudad.
Fue a esta metrópoli  donde vine a parar con mi pareja inglesa y nuestros dos hijos, en 1981 y donde precisamente tres años más tarde concebí escribir una serie de crónicas impresionistas que titulé Diario en Babilonia –a tenor del apelativo que recibió Inglan, por parte de los creadores del reggae jamaicano.
He aquí tres fragmentos de aquellas crónicas:

 

Mi Primer Londres

           
Recuerdo […] mi primera incursión a esta fascinante ciudad de Londres en marzo de 1981. Durante los días que estuvimos en la casa de Cynthia en la barriada de Camden Town salimos a dar nuestros paseos por la ciudad. Un sábado por la tarde Mike y Eva vinieron a buscarnos para ir al famoso mercado de Portobello Road, en el barrio de Notting Hill, al noroeste de la capital. Quien visite Londres no debe tener excusas para no pasear por esa calle, no sólo por sus pintorescas tiendas (verdaderas reliquias arquitectónicas y donde los modernos buhoneros compran, venden y revenden todo lo imaginable y también lo inimaginable, desde el sable de algún famoso pirata inglés inventado al momento para deleite del turista incauto, hasta un juego de sábanas de una hilandería en Stockport que cerró por quiebra veinte años atrás...los otros, los que se instalan en los carretones a orillas de la calle, venden quincallería barata de dudosa procedenncia, ropas que los fabricantes deshechan por desperfectos de manufactura...) sino también por el singular olor a frituras, mariscos y pescado frescos, frutas y vegetales...donde el ajonjolí y la harina de yuca, el arenque ahumado y las aceitunas se mezclan con la música griega acompañada por los conocidos kebabs  griegos …, una suerte de pan de un centímetro de espesor en forma ovalada que  se  tuesta ligeramente y se le abre la barriga para colocarle hortalizas con chiles y cebollas, además del elemento principial, lascas de carne molida y prensada y/o brochetas a la parrilla …; o por la música africana y caribeña, los colores de los parroquianos que en diversos idiomas conforman un llamado al cumbite humano. […] El Mercado de Portobello Road se abre al recién llegado con una serie de exclusivas boutiques en el extremo posh o elegante de la barriada, cerca de la estación del metro de Notting Hill Gate y termina un par de kilómetros más hacia el oeste entre tabernas de arrabales, por debajo de una autopista volante y donde el menudeo de la marihuana y otros estupefacientes es a quemarropa, donde los conflictos y frustraciones inherentes a la cultura de la pobreza y el consiguiente marginalismo están a la orden del día. Es la línea del frente del Carnaval. Aquella tarde de sábado era mi primer paseo turístico por Londres y lo había comenzado por el pintoresco Mercado de Portobello Road.

(…)

            En aquel entonces los cubanos y las cubanas se podian contar con los dedos de las manos y pocos sabían apenas donde estaba situada Cuba. Por supuesto, no existian como ahora,  clubes y restaurantes con alegóricos nombres de la mayor isla caribeña ni se bailaba al ritmo del son cubano ; Virgin Atlantic no volaba a La Habana ni Cubana de Aviacion se conectaba directamente con Londres, con lo cual –aparte de otras conexiones y aerolíneas- se ha creado un ininterrumpido y casi diario puente de gentes a través  del Atlántico desde varias ciudades del Reino Unido de Gran Bretaña.
Un cuarto de siglo atrás, había poco o ningún incentivo para encontrar algún elemento con el cual un cubano pudiera identificarse culturalmente. Indiscutiblemente, son otros tiempos.    
Con sorprendente rapidez mis vinculos con esta otra isla entera, comenzaron a proliferar. Tal vez haya sido una reacción subconsciente al hecho de que los ingleses solamente tomaran temporalmente La Habana en 1762 … que yo me propuse ‘tomar Londres’ por cuenta y riesgo. Me imagino que si los ingleses hubieran colonizado Cuba, mi relación con ‘Inglan’ y/o Londres hubiera sido totalmente diferente.
Es aqui, en esta fabulosa ciudad que he aprendido a hacer mía también, donde han encontrado albergue refugiados y exiliados políticos, filósofos y otros intelectuales, revolucionarios, patriotas, emigrantes legales e ilegales, disidentes virtuales y ficticios, diletantes y esnobistas fortuitos … en fin, una saludable pléyade de voluntarios o forzados desterrados de casi todos los rincones del mundo.

EL METROPOLITANO

 

            Cuando por fin descendimos del omnibus que nos trajo de Bristol a Londres, sentí un alivio tremendo. Durante los noventa minutos que duró el viaje a lo largo de la Autopista Número Uno, estuve tan contraído que cuando me relajé sentí un escalofrío que recorrió todo mi espinazo. Tal vez fue, por suerte o por desgracia, que mi asiento estaba justo al lado de la puerta y constantemente me fijaba en el cuenta millas ‑‑que en realidad lo que marcaba eran millas y no kilómetros, y la aguja oscilaba siempre entre las cien y las ciento veinte millas por hora. Pero bueno, llegamos, como todo el mundo esperaba, menos yo, sanos, salvos y a tiempo, gracias a la pericia del chofer que llevaba más de cinco años cubriendo la misma ruta en dos circuitos diarios cinco veces por semana, sin ningún  accidente. Sin embargo, esto no era nada comparado con lo que experimentaría  más adelante, cuando hicimos el primer recorrido largo en tren desde Londres a Leeds, unos trescientos kilómetros de distancia en dos horas y 10 minutos, volando sobre las paralelas a una velocidad promedio de ciento ochenta kilómetros por hora. Con razón la propaganda recién comenzada en la Gran Bretaña auguraba de que Esta es la era del Tren.
Salimos de la estación de Omnibus Victoria, llamada así en memoria a la famosa soberana británica Victoria I (1819‑1901), que coronada en 1837 reinó por más de sesenta años. Pero además, toda esa zona céntrica donde están las terminales de omnibus y la de trenes respira con cierta nobleza, sobre todo en su espíritu arquitéctonico, sus amplias calles adoquinadas todavía, pequeñas plazas, parquecitos y sobre todo por sus habitantes. Una de las mayores avenidas que muere en la Terminal de Omnibus lleva también el nombre de la legendaria reina. Otra no menos importante calle que coincide con las oficinas del Nuevo Scotland Yard, se llama igualmente Victoria Street y, a diez minutos a pie está el imponente Palacio de Buckingham, residencia de la familia real. Como si fuera poco, por la calzada de Buckingham Palace venía marchando con magnífica pompa un destacamento de la Guardia Real luciendo sus vistosos uniformes de antiguas birretinas ceñidas a la cabeza. El espectáculo nos tomó por sorpresa, sobre todo a mí, que no acababa de darme cuenta que estaba en la capital de aquél que fuera el mayor imperio del globo, cuya monarquía se remontaba hacia mediados del siglo XVI ‑‑en realidad no tan antigua como otras en Europa, pero la británica aún  mantenía todas sus tradiciones vivas.

(…)
Es ésta la misma ciudad donde pululan poco más de dos mil exóticos cubanos y cubanas, muy pocos y pocas de los y las cuales llenamos los requisitos para acogernos a la carta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, entre ellos yo, un poeta cualquiera nacido y criado en  la ciudad de Santa Clara, luego trasplantado a principios de la década de 1960  a la barriada habanera de El Cerro e injertado finalmente por voluntad propia en Londres con mi familia anglo-cubana.
Las parejas racialmente mixtas entre británicos y cubanas o británicas y cubanos, es practicamente común denominador. Los cubanos y cubanas se las dan de expertos. Esto ha logrado una mezcla aparentemente mucho más acentuada que con otros nacionales.
Desde el punto de vista exótico, esta combinación que me atañe personalmente, resultaba más notoria en La Habana durante la década de 1960 y en años subsiguientes, que en Londres. Es más, puedo afirmar categóricamente que en raras ocasiones he sentido personalmente el racismo hacia nosotros como pareja, tal y como lo he padecido en mi país natal, sobre todo en La Habana, una ciudad que resalta a gritos por su alucinante mestizaje.
Aunque pudiera resultar contradictorio, como la misma historia de nuestra Cuba, mi experiencia en el asunto ha sido el mejor testimonio.
Durante las décadas de 1960-70, y al furor del concepto afro-norteamericano de que ‘black is beautiful’, muchos jóvenes cubanos afro-descendientes nos dejamos también crecer con donaire nuestro pelo rizado. Yo cursaba estudios en la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de la Habana –institución tildada por los comisarios de turno de ser un antro infectado de extravagantes jóvenes de tendencias occidentales y por lo tanto decadentes y conflictivos. Eran otros tiempos.
Nuestras ínfulas intelectualoides encontraban cierto grado de náuseas en todo el espectro conservador y racista que prevalecía en el subconsciente cubano desde mucho antes de inaugurada la república mediatizada a principios del siglo XX. Es válido reiterar aquí que  luego de la independencia de España y la abolición de la esclavitud en Cuba, en la región predominó la simplista y por ende racista consigna de que la caótica situación imperante en la época se explicaba, entre otras cosas, en términos de que el negro era de por sí el mayor obstáculo para el desarrollo. Culpar a la víctima ha sido quizás el resultado más palpable del rechado del legado africano.
A esto habría que agregarle que espontáneamente habíamos llegado a constituír una visible minoría de afro-descedientes que había optadp por carreras de Humanidades. No recuerdo que llegáramos a diez de un total aproximado de 200 alumnos repartidos entre el primer, segundo y tercer año de las diversas especialidades en lenguas, arte e historia respectivamente. Esta última tenía aulas en el mismo edificio.
Con el tiempo conseguí mi primer buen empleo a mediados de 1960 sin haberme graduado en la Universidad. Fue en el Instituto Cubano de Radiodifusión (ICR) que posteriormente se convertiría en Instituto Cubano de Radio y Televisión o ICR-T con sede en la capital de la nación.
El codigo de ‘buena presencia’ requerido para ejercer mi profesión como periodista exigía que estuviera bien peladito y afeitado y usara indumentaria sencilla, ordinariamente proletaria. Desdeñar estos requisitos me estigmatizaba nuevamente como un individuo ‘conflictivo’ y ‘problemático’ lo cual me granjeó en consecuencia burlas, repudios y hasta una sanción laboral por persistir en mi empeño.
Nada parecido me ocurrió pocos años más tarde cuando en 1981 comencé a ejercer la misma profesión de periodista y reportero en el Servicio Latinoamericano de la BBC de Londres, la famosa institución radiodifusora británica, tan monitoreada por el estado británico como la cubana. Para colmo del exotismo, era el único cubano, además de afro-descendiente en todo el Servicio Latinoamericano -aunque había muchos en este medio que procedían de países africanos y mediorientales del Servicio Mundial. Para la mayoría de mis colegas latinoamericanos, era la primera vez que congraternizaban tan de cerca con un cubano afro-descendiente. ¡Es más, con algunas excepciones, no estaban seguros de que existíeramos realmente!
Lo que quiero resaltar es que al fin de cuentas puedo dar fe de que en veintitantos años residiendo en Gran Bretaña y socializando con personas de diferentes estratos sociales y grupos étnicos, solamente en una ocasión, y no en Londres, he sido objeto de lo que pudiera considerarse como un insulto racista, solo o en compañía de mi familia. Y esto en un país donde los crímenes racistas han sido lamentablemente célebres durante las últimas tres décadas.
A pesar de los esfuerzos que hacen las autoridades e instituciones británicas aparentemente con buenas intenciones para contrarestar conductas racistas o manifestaciones que inciten al odio racial, muchos nacionales persisten en definirse así mismos, en privado al menos, como racistas por instinto y dados a un taciturno sentido de la violencia.
En Cuba, en aquellos años de mediados de 1960 hasta finales de 1970, los insultos llovían vociferados desde las guaguas cuando me veían caminar airoso por La Rampa (la conocida Calle 23 que desemboca en el malecón o avenida costera, en la barriada de El Vedado), cuando iba rumbo a mi trabajo: “Negroooooo … pelúuuuu …. Córtate esas pasas”. Aun así, ese tipo de vulgaridades casi nunca conducían a la violencia; y reconforta constatar de que las armas blancas y de fuego están proscritas para la población. Violar este código es fuertemente penalizado, al igual que los alucinógenos de cualquier índole.
Aunque este tipo de insulto verbal forma parte del foklore cubano que tanto nos gusta celebrar cuando se lo atribuimos al susodicho “choteíto cubano”, no deja de ser políticamente incorrecto. Y no era para menos, dado el impecable expediente que hemos tenido los cubanos como pueblo, y Cuba como la nación de habla hispana más racista de la región.
Considero, pues, que he sido más exótico como afro-cubano o cubano afro-descendiente en mi país natal que en este otro que me acogió como inmigrante y donde la confraternización y mezcla racial siguen siendo limitadas.
Recuerdo ahora que aquel primer impacto una mañana fría-fría de enero de 1981 fue de otra indole:

SI NO HUBIERAN EXISTIDO LOS BLANCOS...

Cuando llegó mi turno en la aduana del aeropuerto internacional de Gatwick, una mujer rubia de verdad, mediotiempo y con ningún interés de pretender ser simpática en su departamento de atención a los aliens o extranjeros, examinó meticulosamente mi pasaporte arcando sus espesas cejas y mirándome fríamente para corroborar si el de la foto era yo mismo. Inspeccionó la visa, por supuesto, instruyó a su computadora con alguna clave que indicaría mi procedencia de un "país comunista", pero pienso que le habrá respondido: "todo en orden" y al no encontrar obstáculo para dejarme pasar me soltó un "¿Y ustedes pueden viajar con ésto?" "Ustedes", son los cubanos, sin lugar a dudas y "ésto", mi pasaporte ordinario cuyo, también ordinario color gris, a decir verdad, no ayudaba mucho, siendo Cuba un país soleado casi los 365 días del año y rodeado de un verdeazulísimo mar. Yo también hubiera pensado que mi pasaporte debería ser de color magenta, ámbar, turquesa. Ella tenía razón. Pero...¿se trataba realmente de ese detalle o de las implicaciones que traía consigo esa connotación? No valía la pena en ese preciso momento responderle como yo me imaginaba que se merecía. Todavía no estaba entrenado para responder a las ironías de los británicos. Eso necesitaría un fuerte y constante entrenamiento in situ, que implicaba, desde luego, conocer su cultura.  "¡Desde luego que sirve para viajar, Señora!", le dije suavemente acompañando aquella afirmación con la mejor de mis sonrisas prefabricadas. Me devolvió el pasaporte luego de estampar un cuño estipulado, a la vez que me indicaba algunos reglamentos formales que debía cumplir durante las próximas setenta y dos horas ante la Comisaría de Policía más cercana al domicilio donde iba a residir. Al salir del recinto climatizado del aeropuerto me enfrenté por primera vez en mi vida  a un aire acondicionado natural que rondada los cuatro grados centígrados bajo cero. Mi tropicalizado safari de mangas largas y el jersey de lana por encima de la camisa fueron reducidos inmediatamente al ridículo.

(…)

No es sólo que Londres haya cambiado considerablemente desde mi primera visita veintitantos años atrás, sino que además la he visto adaptarse y ponerse a tono con los tiempos, con buen ritmo, a pesar de la atribulada época que nos ha tocado vivir aqui precisamente. Ya Bob Dylan lo anunciaba.
Por mi parte, yo también comencé a respetar el comportamiento  de esta inmensa, acogedora, y andable ciudad bordada de hermosos parques y jardines. He llegado a la modesta conclusión de que yo también he contribuido a que la cultura cubana ya no sea invisible o simplemente una manifestación esporádica y exótica.
Con esos dos mil o dos mil y tantos nacionales, más o menos, llegados durante los últimos 25 años a Gran Bretaña,  la presencia cubana ya se siente sobre todo en las artes, de una manera o de otra, tanto en la danza, el teatro, las artes plásticas y el cine como en la literatura y la omnipresente música en todas sus variantes. Aparte de otros servicios manuales, empresariales y financieros.
De aquella rara avis que era a principios de la década de 1980, hoy día Cuba y su cultura se han convertido en manjares consumibles y cotizados ya sea en esta sólida capital como en otras ciudades del país.
Aqui el producto Cuba se disfruta sin agravios, prejuicios u obstinada hostilidad; y ha sido precisamente la cultura cubana, entre otros ingredientes, el mejor catalizador contra los malos agüeros. Por supuesto, la música cubana ha sido el mejor bálsamo y por suerte, protagonizada por sus mejores exponentes, los cubanos afro-descendientes.
Aprovechando las bondades del cambio climático y aproximadamente alrededor del solsticio de verano,  anualmente se celebran múltiples festivales a todo lo largo y ancho de esta otra isla del Atlántico Norte y que comienzan a languidecer tan pronto el clima te avisa alrededor de septiembre que la  estación veraniega ha tocado a su fin, los dias comienzan a ser más cortos, oscurece más temprano y la expresión del rostro y la indumentaria se otoñan.
Pero mientras brilla el sol, tienen lugar varios festivales a lo largo y ancho del Reino Unido de Gran Bretaña. Uno de los primeros es el Carnaval de Cuba, a principios del mes de Junio, en el Southbank (complejo cultural a orillas del Támesis). Luego le siguen el de Brasil y más adelante el más consolidado y colorido carnaval Caribeño de Notting Hill.
En junio 2006 el grupo musical Sur Caribe, del músico santiaguero Ricardo Leyva trajo para la ocasión la popular Añoranza por la Conga, con el respaldo musical de varios músicos de la famosa Conga de los Hoyos, oriunda de la popular barriada del mismo nombre en la siempre caliente Santiago de Cuba. Esta pieza musical de apenas 4 minutos, logró tal euforia en Cuba durante 2005, que obtuvo the Song of the Year Award, concebido para la décima edición del Festival Internacional CUBADISCO.
Añoranza por la Conga  cuenta esta simple historia en la voz de Leyva contrapunteado por un coro de tres o cuatro voces:
Micaela se fue pa´otra tierra buscando caminos,
que por buenos o malos quién sabe le impuso el destino.
Sólo vive llorando, sufriendo y pensando en su vino,
que no es vino, señor; ni aguardiente, señor;
es la conga, señor, santiaguera.
A la pobre muchacha,

Nada la contenta solamente piensa
y solo la atormenta el dolor,
dicen que se muere, dicen que ella quiere,
lo que ella no tiene,
que es arrollar, Chagó, sola con los Hoyos.

(…)

A todas luces resulta contradictorio el hecho de que para muchos cubanos en Europa no sea urgente recrear la nostalgia a través de lo imaginario. Cuando Leyva y Sur Caribe lanzaron los primeros acordes de apertura de la famosa flauta china que caracteriza a la conga santiaguera, aquella tarde en el South Bank de Londres, los cubanos y los no cubanos, hombres y mujeres por igual,  compartieron de una manera casi infinita. La música resultó ser la mejor terapia orgánica para todas las dolencias, habidas y por haber.
Es así que, mientras la buena música bailable cubana aqui es frecuente, repito que la gastronomía es todo lo contrario, porque no hay un sólo restaurante decente donde se pueda degustar la auténtica cocina criolla que sea propiedad de un cubano o una cubana, como suele ocurrir en muchas ciudades de las Américas o Europa continental, aunque Londres posea una amplia variedad de clubes donde la otra “salsa cubana” sí es abundante y de buena calidad, y donde los Brits, hagan gala de su gusto por los ritmos cubanos.
Como había mencionado al principio, algunas aerolíneas conectan varios aeropuertos del Reino Unido con La Habana, Varadero, Santa Clara, Holguin, entre otras ciudades y balnearios de Cuba, lo cual permite que la gran mayoría de los nacionales que residen aqui tengan la posibilidd de viajar a Cuba con bastante facilidad si su situación migratoria es de bona-fide.
En el caso de los no nacionales, con una visa turística que cuesta £20 y un boleto de avión, en 10 horas llegas al archipiélago caribeño.
En este país no existe nada parecido a lo que estipula la Ley Pública 89-732, "The Cuban Adjustment Act", conocida comúnmente en español como la "Ley de Ajuste Cubano", promulgada el 2 de noviembre de 1966 por el Congreso de los Estados Unidos, la cual permite al Fiscal General "a su discreción y conforme a las regulaciones que él pudiera prescribir", ajustar el status inmigratorio que tenían los supuestos refugiados cubanos que se encontraban en los EE.UU. al de residentes permanentes.
Única de este tipo en el mundo, esta ley ofrece a los cubanos que llegan a los Estados Unidos por vías ilegales privilegios que no reciben  candidatos a inmigrantes de ninguna otra nacionalidad. Como se ha documentado ampliamente, esta incongruente y arbitraria política aplicada por los Estados Unidos contra Cuba ha provocado desde 1965 tres grandes oleadas migratorias: Camarioca, 1965; Mariel, en 1980, y la denominada "crisis de los balseros", en 1994.
Desde la última década del siglo pasado, Gran Bretaña y los gobiernos europeos se han vuelto más cautelosos a la hora de conceder permisos de entrada y permanencia en su territorio bajo la categoría de refugiado político, y los cubanos ya dejaron de ser una excepción.
Más bien, las nuevas legislaciones son proclives a concertar cuotas de inmigrantes. Ya el Reino Unido tiene demasiadas jaquecas causadas por la relación con sus propios ex-súbditos. La olla está tan repleta de grillos exóticos, ya sean cubanos o no, negros, blancos o amarillos, que hasta se rumora una amnistía para los ilegales.
Cuando el cubaneo coincide ocasionalmente, aqui no se acostumbra de que un cubano le pregunte al otro o a la otra cuál fue su hoja de ruta. Si acaso, una pregunta de rutina y para romper el hielo: “Y tú, ¿desde cuándo estás aquí?” o “¿Cuándo fue la última vez que estuviste en Cuba?”
Hace un cuarto de siglo  solamente había en esta ciudad un puñado de artistas y gente de letras. El más célebre fue el difunto Guillermo Cabrera Infante, que falleció en 2005 –un mulato indiao, como dirían en Cuba, que no podía ser calificado sino como un cubanísimo personaje, aunque viviera realmente exiliado desde 1965 en Kensington, una de las zonas aristocráticamente más cotizadas de Londres.
Con este escritor me atreví a una querella intelectual a raíz de la aparición de un articulo suyo sobre la situación en Cuba en el tabloide literario London Review of Books de Noviembre de 1982.
Yo consideré que Cabrera Infante había exagerado en su análisis. Me imagino que fue debido a los quince años que no tenía contacto directo con su entrañable Habana y Cuba en su compleja totalidad. Yo recién llegaba a Londres sin compromisos políticos de ninguna indole, y sabía  que sus virulentos comentarios estaban saturados por una venganza a ultranza contra la política del gobierno del país al cual sirvió precisamente como Attaché cultural en Bélgica. Yo había sido Asesor Literario graduado en 1962, conocía el desarrollo cultural del país desde la base, y sabía que lo que estaba afirmando Guillermito, como le decían sus amigos y conocidos contemporáneos, no era simplemente una cuestion ideológica en blanco o negro, sino que tenía muchos y complejos matices.    
Cuando la polémica a la cual me refiero, hacía rato que Guillermo Cabrera Infante firmaba como G.CAIN y yo era Pedro Pérez, aunque no un Pedro Pérez cualquiera, pues con mi segundo apellido, Sarduy, ya había obtenido dos premios literarios en concursos de poesia, uno a nivel continental en Casa de las Américas, 1966  (con 22 años de edad) y otro en Julián del Casal, en  1967 (de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba) al lado de reconocidos poetas. Además, ya había publicado en respetadas revistas y antologias de America Latina, EEUU y Europa.
La cuestión fue que le rebatí, en una carta a modo de réplica dirigida al prestigioso tabloide literario, sus categóricas afirmaciones sobre varios temas. Primero que la cultura se había largado de Cuba por el hecho de que algunos artistas y escritores habían desertado; luego me referí a un debate alrededor del tristemente célebre Caso [Heberto] Padilla y también la polémica en torno a un libro de poemas de Armando Valladares, titulado From my Wheelchair. En ninguno de estos casos, Cabrera Infante fue testigo como yo, pues él no estaba en Cuba y yo sí. Con su acostumbrada sorna, escribió que según yo, lo conocía como CAIN, pero que él no me conocía Abel. Este incidente nunca me lo perdonó.
La única vez que había visto de cerca al famoso escritor fue en 1965 en La Habana, cuando salía airado de la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en ocasión de su última visita a Cuba y su definitiva ruptura con el país que le vio nacer y había servido hasta ese momento.
En 1987 nos encontramos por fin frente a frente en ocasión de una recepción ofrecida en honor del escritor español Juan Goytisolo que celebraba en Londres la publicación al inglés de su novela Paisajes después de la batalla (1985). Yo asistía al homenaje en calidad de periodista, pues había entrevistado a Goytisolo para un programa sobre libros del Servicio Mundial de la BBC, en inglés, aunque había sido invitado personalmente por el novelista catalán que vivía fuera de España desde la época de Franco.  Lo había conocido en La Habana, al igual que a su hermano José Agustín quien me había antalogado en su libro Nueva Poesía Cubana, publicado en Barcelona en 1970.
Pues bien, cuando se presentó la oportunidad me acerqué a Cabrera Infante con el fin de dilucidar aquella polémica de cinco años atrás, pero se limitó a esquivarme y a decirme y luego reiterarme que conmigo no tendía absolutamente nada que hablar, pues yo era un castrista que trabajaba en un antro de izquierdistas (se refería a la emisora de radio británica). Y ahí se acabó todo.
No pretendo disgregar más. Solamente quería ubicar la anécdota en su tiempo y espacio. Mirando atrás, hoy me satisface saberme injertado en un circuito intelectual y en consecuencia académico lejos de mi país natal.
Resultó, pues, que el exotismo no era solamente por mi configuración étnica y ciudadana, sino porque en aquellos años iniciales de mi llegada, todo lo que no fuera inglés era exótico per se y a menudo repelido  hasta con violencia.
Es por eso que tengo el privilegio que como cubano afro-descendiente, haya podido ser testigo de esos cambios y hasta haya aportado mi grano de arena.
Por ejemplo, cuando ofrecía cursos sobre la cultura cubana en London Metropolitan University la mayoría de mis alumnos eran Black British, nacidos y criados en este país en el período a partir de mi llegada en 1981.      
Muchos han viajado y estudiado o estudian el tema de Cuba y/o cursan su año en el exterior en la otra isla. Esta experiencia era completamente inédita en aquellos años y me siento parte de ella, al igual que con la de otros estudiantes en EEUU, Europa o el mismo Caribe.
Sin embargo, me resulta  curioso, confrontando mi propia experiencia, escuchar de su propia voz cómo estos jóvenes británicos de origen africano, caribeño o asiático confrontan una fuerte crisis de identidad porque se sienten excluidos, en la mayoría de los casos. Y tienen toda su razón, pues en la escuela no les enseñan sus orígenes. Recién comienza a ser tópico de debate en la enseñanza pública de Gran Bretaña la forma en que deben incluirse los estudios relacionados con las realidades del alumnado debido a que la conformación étnica y cultural de este país ha cambiado drásticamente desde mi llegada hace ya casi 30 años.
Aún así, esto no ocurre con los cubanos, ya sean o no afro-descendientes. La gran mayoría de nosotros no ha nacido en este Gran Bretaña. Carecemos de ese conflicto de identidad para con este país y porque sabemos que en primera instancia y aunque poseamos una ciudadanía británica, sencillamente no somos ni pretendemos ser británicos, aparte de que el inglés no es nuestra lengua madre, aunque la dominemos.
Finalmente, considero que mantener el contacto directo y constante con Cuba es fundamental. El consabido ‘recargar las pilas’ en viajes transatlánticos, en mi caso no es simplemente una metáfora turística, y para muchos de los demás cubanos y cubanas residentes en este país tampoco.
Como cubano de pura cepa, y también como afro-descendiente me resulta de gran alivio no tener que luchar contra ese fantasma de la identidad, porque no estoy propenso a la asimilación, a la destrucción de esa identidad como tal. Las desavenencias politizadas, cualesquiera que pudieran existir pueden ser negociables, pero no mi identidad cultural, la que además forma parte íntegral de la gran diáspora africana.

©Pedro Pérez-Sarduy
Londres, 2008